
Nota de la autora
Esta historia nace de experiencias, emociones y vivencias reales. Algunos nombres, lugares, fechas, edades y circunstancias han sido transformados para proteger la identidad de quienes las vivieron.
La protagonista habla desde el presente y recuerda episodios de otras etapas de su vida. El Mediterráneo es el escenario común, sin señalar un país ni una ciudad concreta. Lo importante no es localizar cada escena, sino conservar la verdad emocional de lo sucedido.
Esta obra contiene escenas eróticas y sexuales entre personas adultas. Su lectura está destinada exclusivamente a mayores de 18 años.
Me llaman Sexty Elegance, aunque ese no es el nombre que figura en mis documentos. Es el nombre de la mujer que soy ahora: una mujer que ha dejado de pedir permiso para pensar, sentir y desear. Voy a contarte cómo lo viví y qué sentí, mientras sigo deseando, eligiendo y dejándome llevar.
Tengo sesenta años, atractiva y sensual, y guardo un armario lleno de prendas y complementos que han sobrevivido a las distintas etapas de mi vida. Tengo además una costumbre que no pienso abandonar: encender un cigarrillo y tomar una copa de vino cuando una conversación o una situación se pone interesante. También tengo un antifaz. No lo llevo para esconderme. Lo llevo para decidir cuánto muestro y a quién.
Me pinto los labios incluso para bajar la basura. No por si me cruzo con alguien, sino por si me cruzo conmigo en el espejo del ascensor. Y llevo las gafas de cerca escondidas en el bolso como quien esconde a un amante: las necesito, pero nadie tiene por qué saberlo. Todavía disfruto de ese segundo exacto en que un desconocido decide si me mira o disimula. Casi siempre disimula fatal.
Me educaron para ser buena. Una hija obediente, una esposa ejemplar, una madre que llega a todo. Durante años cumplí el papel con una disciplina que habría enorgullecido a mi padre, y durante esos mismos años aprendí a salir por la puerta de atrás de mi propia vida. Nunca quise elegir entre la santa y la pecadora. Quise ser las dos, a la vez y sin pedir permiso, aunque alguna vez tuve que pedir perdón. Lo que en un hombre llaman carácter, en una mujer lo llaman escándalo. Yo lo llamo estar viva.
He conocido a muchos hombres. Algunos me rescataron para después encerrarme. Otros me enseñaron cosas que no figuran en ningún manual de buenas costumbres, y alguno todavía me debe una cena. Me he acostado con hombres por amor, por curiosidad, por rabia, por conveniencia y por puro placer, y no siempre supe distinguir cuál era cuál. Hubo una época en que mi cuerpo fue una moneda que otro contaba por mí. Hoy es mío, y nunca lo había disfrutado tanto.
No busco ajustar cuentas ni dar lecciones. Te hablaré de deseo, del que se insinúa con una mirada en un probador y del que no espera a que se apaguen las luces. Te hablaré de sexo sin bajar la voz: del que se hace por obligación, del que se hace por despecho y del que, por fin, se hace con los ojos abiertos. Te hablaré de lo que no sale en las fotos, de pérdidas y de celos que me comieron por dentro hasta que alguien me enseñó a vivir sin ellos. Y de cosas más alegres: de amigas que confiesan con la segunda copa lo que no se atrevieron a decir con la primera, y de mujeres que descubrieron el placer a los cincuenta y lo celebran como quien estrena vestido.
No te lo contaré todo de golpe. Hay situaciones, de día y de noche, que todavía no he confesado a nadie. Las irás descubriendo capítulo a capítulo, a la velocidad que yo decida.
Si eres mujer, puede que te reconozcas en alguna de mis historias. Si eres hombre, puede que descubras qué piensa de verdad la mujer que tienes delante cuando sonríe y no dice nada. Solo te pido que leas sin prisa y sin juicio. Yo ya me juzgué y me juzgaron bastante.
A los sesenta ya no necesito fingir que siempre tuve las respuestas. Me basta con conocer las preguntas que todavía merecen ser contestadas. Y con saber que lo mejor, contra todo pronóstico, me está pasando ahora. Si has llegado hasta aquí, sospecho que tú también quieres saber cómo.
Bienvenidos a la vida que nunca conté.